Poetas Luz desde el Inframundo. Antonio Leal

Antonio Leal

https://www.facebook.com/antonio.leal.58910

ANTONIO LEAL. El poeta, periodista y sociólogo egresado de lAntonio Leala Universidad Nacional Autónoma de México Antonio Leal (Chetumal, Q. Roo 1952) se inició en el taller literario de Juan José Arreola y publicó sus primeros poemas en la revista Mester, fundada y dirigida por el propio Arreola y fue becario de poesía del Centro Mexicano de Escritores. Su obra poética está formada por títulos como Duramar (Universidad Nacional Autónoma de México, 1981), Canto diverso, (ed. La tinta del alcatraz, Toluca, Estado de México, 1995), Los cantos de Duramar (Ed. del Gobierno del Estado de Quintana Roo, México, 1998), Poemas provinciales (Pontevedra, España, 2004), Thalassa (siglo xxi editores, México, 2008), La fauna exaude (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2012). Ha participado en encuentros internacionales de poesía celebrados en Chile, La Habana, Cuba, Costa Rica y España. Es guionista de radio del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social, en el Caribe de México, en donde reside.

LUZ DESDE EL INFRAMUNDO se transforma en colorido prisma con la poesía de Antonio Leal.

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Oficio de Poeta

Dicen que estar solo
es un día,
como una pena nuestra
que alguien nos cuenta.
Como pisar en falso,
como una lágrima abierta
que se apuntala
y luego se despeña,
así nomás,
sin siquiera darnos cuenta.
Pero otro día
estar solo,
es breve regocijo
que inventamos para mirar el alma.
Otro día es quizás
aquella herida intacta en la mirada
que como dulce llaga se nos llega,
la mujer exacta
que de pronto no nos ama,
esta vereda incierta
que no acaba.
Pero otro día
dicen,
que la soledad es como guardar la pluma
y ser poeta.

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Un Sol que reposó en tu centro

Si dijera que todo comenzó así:
la música,
cigarros
y el café.
Tu voz dando giros en mi rostro,
en la piel de caricia rebuscada
que ayer se sacudió tu olvido.
No sé,
tal vez debería reconocerte en mi nombre,
saber que te confundes en mi imagen,
que te pierdes,
saberte señora virginal de mi gran momento,
hermana amantísima
de mi gran momento,
en mi soledad sin sol
y tu mutismo transparente.
Callado,
te tomaría de la mano
y te diría lo poco que tengo de profundidad.
Y te diría que tú estás sin estar en mí,
que nunca te olvido.
Que sin avisarme adquieres el color que te rodea,
y tú lo sabes,
que dices amor
y yo no sé de qué color son tus ojos,
que hoy te irás piedra-café-y-teléfono incierto,
que oirás la lluvia desde tu casa nueva,
que todo lo que tienes no es para mí,
y que en medio de todo esto
surge un adiós,
sin el mañana-vengo.
Sólo bastaba decir que eras tú.
Pero ahora inventaremos una noche.
Una noche donde yo te sienta aquí,
en lo hondo renaciente,
jugando a mecer nuestro ramaje,
donde tú seas otra vez ángulo del cristal
y paisaje roto,
voluta de sol que se escapa de la mano,
vestigio del eco que se queda flotando entre nosotros,
rescoldo del silencio
que entra y sale de tu cuerpo.
No,
no te vayas.
Meditemos en el vientre de la noche.
Cuéntame de tu camión,
el de la franja verde,
de cuando reíste al confundir nuestra epidermis.
Dime el número de letras de tu nombre,
de tu nombre gris
que me aprendo nada más cuando tú vienes.
Cuéntame de tu dolor,
de tu olor tomado de una tarde,
de la tarde de ayer
que necesitó un ruego.
Por eso hoy,
etérea,
ven a sublimar el poema que te exige permanencia.
Adúltera,
prójima en este vernal silencio
que diluye mi imagen,
hoy habremos de recorrer el tiempo
la ondulación y el rito.
Digo que la palabra envejeció en tu boca
y no supimos cuándo quedó anclada
en este cuarto que justifica tu existencia,
en tu aliento que resbala por las paredes.
¿Sabes?
Quiero saber si tú eres la misma,
la de ayer,
la del murmullo que se coló por debajo de la puerta.
Te siento amorosa en torno a tu palabra,
y lloras,
y dices:
cuando apago la luz
todavía te veo caminar.
No tenía nada qué hacer.
Salí a la calle para alejar tu lejanía.
Salí a reconocerte
por la ciudad que siempre te contiene.
Porque debo amarte
en todas tus cosas.
En tu tocador
y en tu almohada rosa.
En el semáforo que a veces odio,
en estas calles que me inventan tu recuerdo.
Y te amo
hasta en la cita incumplida,
en aquellas cosas dadas que nunca pude amar,
porque te quiero
solamente en la medida de este sueño.

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El Canto de las Sirenas

Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro.
Homero

Como un rebaño de olas cabritean
en la blancura de esta página.
Buscan el vaivén de las horas más
núbiles de las 3 de la mañana.
Suelen esconderse en el vestíbulo
del silencio y nadie las vislumbra.
Duermen yermas contigo, aunque nunca
serán tuyas. Al escenario siempre
llevan el mismo papel desde antaño
en el poema, que es en donde envejecen
sin morir.
Se les puede invocar en las puertas
del sueño memorando antiguos nombres
de náufragos infaustos que playean
entre escombros, quienes buscan un trozo
infalible, algún breve cascajo
de salitre o el ansiado maderamen
de un barco perdido entre la pujanza
marítima, sacudiendo inútiles
botellas vacías que hoy repiten
desde la punta de este lápiz; “rilke”,
“rilke”, “rilke”, “rilke”, canto augural
de las sirenas cuando así fustigan
sobre los hombres el venal deseo.
Más allá de los párpados sin sueño,
de las horas dulcísimas de un mar
adentro, cuando plañen las marinas
valvas todo reflujo bajo el agua,
distante, desde exánimes arenas,
oh tú, primera de las Afligidas,
en la espiga de las olas cantabas.
Y tu deseo estaba en la sal
viva de nuestros íntimos deseos.
¡ Thalassa ¡, decías, encrespa la ola,
y bate al viento abriendo tiernos brotes
en la rosa náutica. Hace al día
más lóbrego, con él endulza el aire
de las altas ramas que anidan pájaros.
Al solaz, “en la mar en calma y llana”,
al pairo el alma, es canto inaudito
que repiten impunemente valvas
olvidadas. Sueño inútil que sube
al corazón del náufrago en luna
rala. Es el más antiguo sabor
de la sed de salobres aguas,
un pañuelo de viento en el que huye
espantada de sí la lejanía.
¡ Thalassa ¡, herrumbra todo sendero
secreto de la lluvia, desatando
en vasto mar errátil olas glaucas.
Como latido de aguas zarcas, bruñe
con su hechizo todas las nostalgias.
¡ Thalassa ¡,
es un viento de arena escondido
en la camisa de todos los poetas,
la hembra del silencio, sólo huesos
donde plañen ingrávidas sirenas.
Vedlas ahora retozar insomnes
bajo el ala más profunda del día.
En esa hora en que el alcatraz
con su negro grafiti comba el cielo.
Escucha lo que trae la mullente
espuma. Tú eres ahora Ulises
que retorna a su Ítaca después
de haber amado a las castas sirenas.
El nacido de vientre que ha oído,
sin morir, el canto de Aglaófeme,
la de la voz bella; a Agláope,
de rostro hermoso, y a Imeropa, madre
partenia en culpa del deseo de todos.
Escucha atento a la blanca Leucosia,
a Ligia, la chillona. Mira grácil
esa “atroz escama de Melusina”.
Sobre todo, finge oír la música
de la veneranda Molpe, y guarda
vivo el recuerdo de la doncellez
de Parténope, la sutil lascivia
de Pisínoe venciendo al amante.
Acepta grato lo que tenga Redne,
y a Teles toma por mujer perfecta.
Como un bautismo asume las palabras
de la calma que es pródiga Telxiepia.
Persuádete de Telxíope, y vuelve a la abierta memoria de los hombres.

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innómine

la más asidua
nómade infatua
oblicua indómita

rara avis en el solar del paraíso
noctífuga señora de los sueños

insepultos

con la que me acuesto a diario

cada noche

abuela esfinge

inicua inocua que echa nidaje
en la raíz de los huesos
canéfora insaciable

en el carnaval del mundo
quienquiera que seas
Ominosa Omniausente

te invoco.
¿Es otro el poema si ahora afuera

hiela y es invierno

sobre la repollada flor

del cereus andatus

que enarbola en cercos de piedra

perfumada dama
de una noche entera

flor íntima

albo penacho

divisa del futuro fruto de dragón
melosa vulva del vasto linaje de las

cactáceas

nítida en las sombras

de la noche bruma

inflorescente vasallaje
arrobo de ningún frasco
flor noctífuga

flor reina
de diecinueve pasado meridiano
a siete con sol

flor de un día
de los siete pecados capitales
olor que salva del vaso del suicida?

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Desde el Alcázar Ulises mira las sirenas

¿A qué loco no lo atan? Bien hacéis. Escila hermosa, suave Caribdis, sagradas sirenas del negro golfo, altos montes de Trinacria: decid a voces que Ulises, dándole el viento sus alas, entre Caribdis y Escila, atado y vendado escapa de vuestros riesgos, porque le quede al mundo enseñanza, que así se huyen los extremos, de la hermosura y la gracia.
Pedro Calderón de la Barca
A la familia del tío Pepe Beutelspacher, dueños hace más de un siglo del alcázar de estilo inglés, frente al puerto de Salina Cruz, Oaxaca, en el Océano Pacífico, México.

Desde el alcázar hecho en el remate
de la estribación de uno de los cerros,
a unos tres mil metros del mar distante,
y a varios de ellos sobre el terraplén
de la calle en esta hora desierta,
un zureo de palomas despierta
el trajín de la ciudad. Clap, clap, clap,
clap, lanzan su vuelo en picada como
una bandada de pañuelos muertos.
A babor, casi a un tiro de piedra
de nuestra almadía mecida apenas
por una tenue racha de aire fresco,
como pedazos de un carbón lustroso
beben los zanates la luz del día.

Leva anclas la mirada entre tanto
revuelo de alas. Mogotes de plumas
llenan el pentagrama de los techos
de láminas de zinc. Currucutú,
clap, clap, clap, clap : ahora, desde las tejas
ocre-malvas de los techos contiguos
a la casa que data más de un siglo.
En la suave piragua, a sotavento,
que es la hamaca en que hemos dormido,
cautiva todavía ver la luna
colgada como una medalla antigua,
como un fruto del árbol prohibido
de los sueños, pálida en el cielo
de esta mañana ambigua que comienza.

En la prosodia de este poema
escrito entre las hojas de un cuaderno
que sólo puede hojearse cara al viento,
desde el alcázar donde Ulises mide
el lontanar esta mañana insomne,
vahída y rasante, también se atreve
la mirada lanzarse al vuelo sobre
el caserío que avanza hacia el mar.
Aquí, desde el escarpe arrebatado
a una de las laderas del cerro,
desde este lápiz semejante a un mástil
que cabecea en intrincadas olas,
canoras sirenas laudan : ¡Thalassa !
¡Thalassa !, que en este verso relumbra
como un gran animal azul dormido.

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Moridor

Yo,
que puedo evocar el minuto más alto de tu cuerpo,
sitiar a cada palmo, como a una ciudad, tu piel dormida,
con el hinchado velamen del deseo, ir mares sin tiempo,
al salvataje de tu nombre en el naufragio de mis venas.

Yo,
que tomo tu cuerpo como un piélago de un sueño a la deriva,
que bailo el sabath en el boscaje más intenso de tu carne,
que sólo junto a ti, como hijo de tu sombra, ciego,
voy como a un festín destino al fuego del infierno.

Yo,
que por senderos abiertos con alfanjes de la Luna
puedo hallarte en cualquier rincón de algún espejo,
que entro en ti para soñar en el jardín prohibido,
que es mi corazón, en el cuenco de tus manos, el fruto
que devoro.

Yo,
que puedo nombrarte noctífuga insaciable,
nítida guardiana de las ariscadas bestias del deseo,
cántaro de mi mismo barro en el que sepulto mis heridas,
cáscara imposible de mi soledad, torcaza mía.

Yo,
animal agreste de recónditas costumbres,
a quien solamente tú puedes encontrar,
siguiendo el rastro moridor de la trilla que dejo
sobre la piel sangrante de esta página del día.

Yo,
cicatriz que cubre tus heridas , panal de tu fatiga,
ungüento de semillas en la enfermedad que más te duele,
alto paraje en donde se inclina a pensar tu sombra célibe,
en el ritual de la memoria, tu palabra perdida.

Yo,
el semejante infalible más exacto de mí mismo,
único caronte en la barcaza de tus sueños,
quien en el territorio inmenso de tus blancas sábanas,
con banderas de ternura, en su lucha contra el ángel,
perdió sus alas.

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TIGRE

Para el poeta Jaime Labastida

En el adytum de su cueva
el jaguar ventea
el erial donde – en el trópico –

la selva ciega
con imposibles bejucos
todos los caminos,

con tupidos silencios
que sólo oírlos duele,
con semillas de miedo

que dondequiera crecen,
con sofocantes olas
de un maremágnum verde.

En el lenguaje de su piel,
como un mandala,
como una pandorga que vuela

ornada de eclipses
que van rumbo
a otras constelaciones estelares,

transcurre la noche
que muere en manos del día.
En el trasiego de las horas

vela sus zarpas,
les devuelve suavemente el nácar a lamidas,
su lengua salvaje les da un guiño de ternura.

Sacerdote tigre
con mirada de basalto,
su linaje es del tiempo

de las piedras solares;
de estuco es su memoria
que guardan las estelas;

de chilam es su rostro,
de balam su máscara;
su nombre está en la raíz

de los libros de piedra.
Con babeante molicie
restaña una a una

sus heridas de viaje.
Oficiante divino,
augur de las chivalunas,

él es quien recibe
el cuerpo de la víctima
que pierde en el pok-ta-pok

la vida,
y luego, como un avatar,
desciende exacto al vivo fuego del infierno.

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ÁRBOL MENTAL

Árbol mental,
anónimo placebo,
vericueto de arañas
que hilan un laberinto de sombras;
mantram que se invoca
entre un marasmo de sueños,
y que en algún lugar sin memoria
de esta página albea.
Oh nefanda,
cadalso vaticida,
dame tu nombre,
larva, esfinge;
qué camino,
dónde hallar el grial,
la cifra exacta de tu rostro
en este páramo agoriento.
Dime quién soy,
en este instante que se alaja,
qué hago solo en este bosque de espejos
que adivino a ciegas.
Hora frutal,
vendimia cargada de ázimos renuevos,
dádiva de vida,
primicia de sal que nunca cicatriza,
instante que nace como un fruto,
instante que nos muerde hasta la sangre,
instantes que son todos uno mismo
destrozos de uno mismo en un instante,
zozobrando en aguas rancias,
a la deriva,
en el vía crucis de esta mano que escribe,
y avanza hasta despertar el día
que nos encuentra con su máscara de siempre.
Árbol de verdad,
sombra única,
mazorca de latidos,
racimo ebrio de melancolía,
manojo de horas que sonoras son frutos,
herido silencio que canta en nuestras venas,
oráculo de insomnios
que en este verso reverberan.

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DÍA LUNAR

allí he oído a las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que canten para mí.
T.S Eliot

Día lunar, día mandala, larva
de un dios que encabalga las hinchadas
olas. Gajos de luz, deshilachadas
horas donde navega el alma torva.
En áncoras de luz, ora proterva,
es el día que avanza en marejadas,
sólo de sí, juntando malheridas,
que mellan en el fondo y nadie observa.
Dies irae de la diosa arcana
de los senderos de la Luna rala,
acaso hembra menguante, pez, sirena:
es ella quien peina su cabellera
espesa y vaticina en la escollera:
¡solo y sin naves, Ulises regresa!

DONDE DUELE EL CREPÚSCULO

Un largo ulular de tus sonidos siento.
Tu retorno,
de donde duele el crepúsculo,
de donde sangran las cosas
que tocamos con palabras
truncadas y dolientes.
Tu regreso de olvido,
tu regreso aquí,
donde hicimos nuestras ropas,
y con sueños forjamos nuestros sueños.
Tu recuerdo,
pez multicolor que se profundiza en mi recuerdo,
en esta calle, 
en nuestras calles,
en nuestros nombres
que aún siguen escribiéndose con lágrimas;
en mis párpados nocturnos
envejeciendo instantes,
y que sudan ausencias.
Y mis palabras todavía atadas a mis pasos,
mordiéndome,
clavándome miedos de asfalto,
y tú no llegas.

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