La voz que agita el Verso. La columna de Martín Jiménez Serrano

En LUZ DESDE EL INFRAMUNDO. Revista electrónica de Poesía, damos la bienvenida a la columna de Martín Jiménez Serrano en la sección de análisis e investigación. Estamos de manteles largos. Disfrútenla.

—–~~~~—–~~~~—–~~~~—-~~~~—–~~~~—-~~~~—–~~~~—-~~~~

La voz que agita el verso

Martín Jiménez Serrano

En una carta, con fecha 15 de mayo de 1871, Arthur Rimbaud escribía a su amigo Paul Demeny, a propósito de la pasión por las letras, que el poeta está cargado de humanidad y que las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas. Ahí mismo el autor del soneto “Vocales” encuMartin caricatura1mbra a Baudelaire como el rey de los poetas, como un verdadero dios.

Es bien sabido en el medio literario que con Baudelaire y Rimbaud inicia la poesía moderna. Una estética que ha llegado a convertirse en paradigma en la libertad de la estructura y contenido del poema; que los poetas vanguardistas, tanto europeos como latinoamericanos, supieron aprovechar. Con estos poetas simbolistas –además de Walt Whitman– vino la época de la entronización del verso libre y del poema en prosa. Con el tiempo, en Latinoamérica comenzará a escribirse la antipoesía, cultivada por Nicanor Parra, y la poesía conversacional, representada en Ernesto Cardenal y Jaime Sabines, entre otros. Desde entonces la poesía deja de ser declamatoria –como en el siglo decimonónico, incluso en la primera mitad del siglo XX–, para ser coloquial; más visual que auditiva. Luego el poeta se ocupará del ritmo creado por las imágenes en sus poemas y no tanto por la métrica y la rima. Tratará de no descuidar la eufonía ante la eliminación de estas dos características del verso tradicional en sus poemas.

Pero las nuevas generaciones de poetas que se han sentido herederos de la creación vanguardista –me refiero a aquellos que se han dado a conocer desde la década del 70 hasta nuestros días– han llegado a explotar el verso libre y el poema visual sin haberlos explorado desde sus orígenes, y esto ha traído graves consecuencias en el género lírico, al hacer del poema no un canto, donde impere la eufonía, sino un grito, un aullido que quiere ser poema.

Pareciera que la mayoría de los poetas se apresura a figurar en el mapa lírico antes que pulir una y otra vez sus poemas –¿ya muchos de ellos habrán sido galardonados con uno de los premios más ambicionados en nuestro país, incluso en el extranjero?, y, además, ¿ya estarán figurando en las antologías oficiales que intentan ser el rostro de una nueva estética?–. De ser así, ¿no querrán mirar hacia atrás –no sea que les suceda lo que a la mujer de Lot– y ver que a sus versos les falta la savia de la poiesis? Algo les dice que algo falta en sus líneas en forma de verso o líneas escalonadas o espaciadas, pero no se toman la molestia de indagar a conciencia qué es ese algo que les falta, sólo se limitan a justificar que sus composiciones están a tono con la época; que es una herencia de Oliverio Girondo, de Salomón de la Selva, Nicanor Parra, Charles Bukowski, Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Jaime Sabines, etcétera; pero esta estirpe configuró su propia poética y con ella un nuevo rumbo en la poesía en el momento en que se dieron a conocer, de esto ya han pasado varias décadas y ahora sus creadores gozan del laurel de Apolo. Si en verdad ésta es su justificación de las nuevas generaciones, entonces hay una desgana por descubrir y experimentar nuevos derroteros en la selva de la poesía que se ha tornado tan oscura. Si en verdad hay un desinterés por pulir los nuevos versos, hasta hacerlos relucir con la gracia de la poiesis, de la inspiración y de la técnica, entonces uno pensará que prefieren ser los Arjona de la poesía actual –y que el amiguismo o el compadrazgo los justifique con premios, haciéndolos creer que en verdad son poetas–; peor para ellos. “Hasta los perros sienten necesidad de aullar a la luna llena, y eso no es poesía”, Alfonso Reyes dixit.

Por supuesto que no estoy en contra de la práctica del llamado verso libre o del poema visual, figurativo –que tienen su propio ritmo y sentido–; tampoco del empleo del verso clásico, que ya hay pocos cultivadores de él en nuestro país, con la previa objeción aristotélica de que Homero no tiene que ver con Empédocles, sino en el verso. Pues al primero el Estagirita lo reconoce como poeta, mientras que al segundo como físico –claro, en su Poética Aristóteles lo dice con respecto al poema épico y al drama, pero también vale para el poema lírico en nuestro contexto–; con otros términos, es bien sabido que no todo lo que está escrito en verso clásico goza de la sustancia lírica. Podrá haber –y los hay– buenos versificadores, pero esos versos pueden carecer de poesía, de ese no sé qué que queda balbuciendo sanjuanista, que uno experimenta después de leer un poema de gran factura –ahí están, por ejemplo, “Muerte sin fin”, “Canto a un dios mineral”, “Piedra de sol” y “Recuerdos de Iza”–. Para decirlo, una vez más, con Rimbaud, hay que pedirle al poeta algo nuevo: ideas y formas, para salir de este atolladero en el que se encuentra la poesía en México. Y sólo será arriesgando nuestro tiempo y soledad por la poesía como habremos de recobrar el camino y la fuente del ingenio lírico o quedaremos petrificados con el puro deseo del intento.

Anuncios

Un comentario en “La voz que agita el Verso. La columna de Martín Jiménez Serrano

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s