LO “CLÁSICO” EN LA POESÍA MEXICANA. La columna de Juan Cú.

En LUZ DESDE EL INFRAMUNDO. Revista electrónica de Poesía, presentamos la nueva entrega de “El último Infra.” La columna de Juan Cú. Lo Clásico en la Poesía Mexicana.Juan Cú

Análisis crítico y mordaz con enfoque lúcido. Imperdible.

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LO “CLÁSICO” EN LA POESÍA MEXICANA

“Es clásico, no porque lo escribieran los griegos, sino porque está escrita en la mayor intensidad humana posible y que pocos espíritus posteriores de la literatura han podido igualar.” Juan Cu

Los estudios de poética en México continúan sanos. Los trabajos sobre asuntos de poesía clásica, griega y romana, junto con la crítica de la tradición española, siguen siendo de interés constante en nuestro país desde hace 300 años; la original e indígena, no tanto, por confusión y desconocimiento.

Se preguntarán ¿para qué sirven los estudios clásicos?

El estudiar lo mejor que se ha escrito en la lengua griega o romana da brillo alEl poeta Homero pensamiento y lengua española que hablamos; no olvidemos que el idioma español es heredero del latín, y de también del griego. Estudiar a los mejores representantes de la literatura clásica evita sustancialmente caer en el desgaste total de los frecuentes ciclos de pobreza literaria en la historia hispano-americana. (Ver, por ejemplo, la literatura española del siglo XVIII ).

Desde la fundación de la primera universidad de México (llamada en aquel tiempo Real y Pontificia Universidad de México. 1551), hubo, en nuestro país, la necesidad de competir con las universidades de España, debido a cierto recelo y menosprecio natural de los europeos hacia los estudios y personas (alumnos y maestros) en la naciente pero pujante colonia americana. Por aquel entonces y hasta la independencia de México, (1821) la competencia estuvo a la par entre ambos países en casi todas las categorías de vida.

Se decía que México disputaba a España el título de tener a los mejores escritores y académicos, gracias a la constante preparación de maestros y alumnos, sobre todo en humanidades. En México, desde la fundación de la universidad, siempre se tradujo a los escritores de la antigüedad con verdadero interés, compitiendo con las traducciones e interpretaciones españolas, tanto que, en el afán del perfeccionismo, cuando se publicó en la imprenta, en España (1632), la famosa Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, se cambiaron muchas frases y otras se adicionaron al original, escrita a mano, perdiendo un poco la emoción original del rudo soldado, para convertir las memorias de Bernal en un “clásico” de la pronunciación y escritura elocuente, aunque menos, si se compara con otros autores en el mismo tema y tiempo con respecto a las dornaturas barrocas y exageradas del lenguaje de la época, y a la manera como se hablaba el idioma español en España, a la “española” en el siglo XVI.

Ignacio Osorio Romero ha sido quien más ha estudiado el asunto. Por ejemplo, en su libro Conquistar el eco. La paradoja de la conciencia criolla, incluyó varios ensayos como: “Jano o la literatura neolatina en México”, “Sobre la historia de la filosofía novohispana”, O “El helenismo en México: De Trento a los filólogos sensualistas”. En otros de sus libros aborda temas semejantes: Colegios y profesores jesuitas que enseñaron latín en Nueva España (1572-1767) y Floresta de gramática y retórica en Nueva España (1521-1767). También los hay de autores específicos, como el célebre Horacio en México, de Gabriel Méndez Placarte, que recoge textos de humanistas mexicanos, o Tópicos sobre Cicerón en México, también de Ignacio Osorio Romero, y México exalta y censura a Horacio, de Tarcisio Herrera Zapién.

A principios del siglo XIX, después de la Independencia de México, se continuó, con más ahínco, con disciplina inquebrantable con la tradición de los estudios clásicos. Así, las modas literarias, por ejemplo el “romanticismo” (1810–1824), nos llegaban de Europa a través de los periódicos, (ver El Ateneo Mexicano y Siglo XIX (1840) y El Monitor Republicano (1844)) libros y personas que viajaban y regresaban con noticias nuevas con la idea de “modernizarnos”.

Estas noticias eran recibidas moderadamente por parte de los escritores templados de México, escritores ciertos de las virtudes universales de un lenguaje literario que poseían y plastificaban a su antojo y manera debido al incansable estudio: lectura, publicación y traducción de autores de la antigüedad.

Así, con la tradición a cuestas, emprendían los escritores mexicanos las modas europeas con mejor orden y causa, ofreciendo para la historia de la literatura del país, en este caso particular, poetas fuertes que la crítica extranjera reconocía en forma notable, mientras la crítica especializada y erudita les pedía describir a buen modo sobre sus paisajes nativos y la lucha social por su autonomía e independencia (Ver por ejemplo: Manuel Acuña, México (1849 — 1873), entre otros en la Historia de la poesía hispano-americana, de Marcelino Menéndez y Pelayo (Madrid, 1911)).

Se debe decir como un lugar común, y ocurre sin falta en cada nuevo siglo. A la entrada del romanticismo en México, se dieron cita una gran cantidad de escritores espontáneos y poco cultivados en el trasfondo del arte del verso que adornaban como candelabros prístinos la Ciudad de México, y que se “autonombraban poetas románticos”, con el nuevo señalamiento de “modernos”, a través del término del romanticismo europeo, además de que fueron arropados en mecenazgos públicos y privados. No merecieron más, salvo que, ya pasado un tiempo, su nombre fuese señalado en alguna historia de la literatura de México, como simples participantes de una época. (Ver periódico literario “El Renacimiento” (1869), y otros).

Los clásicos en los libros de las escuelas públicas, después de la Revolución Mexicana (1910), llevada a cabo por el escritor y filósofo José Vasconcelos, sirvieron para restaurar el pensamiento de un pueblo señalado por la barbarie.

De México se dice: es un crisol de todas corrientes literarias y poéticas que nos visitan del extranjero, aquí revolotean como luciérnagas todos los “ismos” de la vanguardia del siglo XX, y de cualquier moda; y además se nos critica de no estremecernos, sino sólo de su noticia pasajera. Esto es cierto, nos complacemos más por la durabilidad de la tradición y esfuerzo por mantener y enriquecer aún más el genio de nuestra lengua desde sus más ilustres representantes del pensamiento universal. No por otro motivo, sino la de evitar la estupidez, nacida del arrebato emocional del momento. “Los tiempos son de los que saben administrarlo”.

Por este y otros motivos son importantes los estudios clásicos en México. El saber por qué y en dónde nos equivocamos para a tiempo cambiar a tiempo el rumbo.

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