Poetas Luz desde el Inframundo. Cynthia Rodríguez Leija

Cynthia Rodríguez Leija

Nació en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Diplomada por la Universidad del Claustro Cinthya Rdz Leijade Sor Juana. Premio Nacional “Ramón Iván Suárez Caamal”, Premio Estatal de Poesía “Juan B. Tijerina”, Becaria del Programa de Estímulos a la Creación con el proyecto: “Las ciudades ocultas y sus ciegas provincias” por el ITCA y CONACULTA. Publicaciones: Oscuro Zodiaco (antología poética, 1999, UNAM, colección El Ala del Tigre). Reinos de Ciudad (poesía, 2003, ITCA). Aquella Voz que Germina (ensayos de la literatura tamaulipeca 2010 editorial Colección Centenarios), Plaqueta “Rios de Tinta” (antologadora). Antología Al filo del poema (Chihuahua), entre otros. Ha publicado artículos en distintos periódicos y revistas. Actualemnte es coordinadora de información y medios noreste de la revista de arte y cultura La Linterna Mágica.

Luz desde el Inframundo. Revista electrónica de Poesía con fuerte regocijo abre sus puertas a la poesía de Cinthya Rodríguez Leija. Disfrútenla!

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I

Ícaro camina en la retina del aire

se indigesta de la manzana con moscas.

Ícaro observa cómo ellas curvan la trompa y él hace lo mismo

hasta perderse con furia en un espejo bebido de furia

y se contempla atado al imperio de la casa

a su propia mordedura que no será comprendida

como se comprende la terquedad de las moscas

ellas pueden atarse a la luna esbelta de las cerraduras

pero Ícaro es un abismo hecho de carne

humana partícula almidonada

que de día pulsa las hojas otoñales

y de noche rompe a galope

hacia la provisión de las torpezas.

Ícaro no es devorado por vocación sino por torpeza

se consume a sí mismo con las leyes gravitacionales

y los ritos que repetirá como un pregón inmortal

sabiendo que el oficio de su especie

es un profundo misterio.

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XXXVI

Von Günter ejercita las formas mortales en una cabeza plástica

Lot lo sigue con sus frases matemáticas empotradas

en línea recta y sobre ella el brazo es la palanca velocísima

que agita la parábola triste y mortal de la mosca.

El instrumento es simple invadido de vagabundos sistemas de signos

ajenos a la aproximación de las dulces criaturas ataviadas por el aire

una palanca a corazón abierto castigando a golpes los cuerpos convulsos

en la llamarada del deprecio.

Lo macabro del asunto no es otra cosa que almas atadas al misterio

las almas de la palanca

las almas de las criaturas

las almas de los que tienen domicilio y cuentas por pagar

todos una materia huyendo a la otra realidad nunca posible

porque las posibilidades nunca llegan para quedarse

no se quedan a curar heridas

no se quedan a llamarnos por nuestros nombres

ni a descubrirnos el vendaje amortajado de los días.

Y volviendo al aspirante Von

nos martilla un arma ultrasónica

y nos habla de las posibilidades

aquellas que provocamos según nuestras astucias

nos basta, dice, una catapulta

un impacto dirigido al universo

para impedir el desarrollo de la historia

y alterar 258,000 millones de años

y cada vida reinará a su manera

el hombre la criatura y el matamoscas.

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El tren de la nieve

El invierno ha recorrido de punta a punta todas las estaciones

para llegar hasta aquí.

Un punto apenas visible en los mapas.

La cita se descubre detrás de una luz argenta al otro lado del pueblo.

En las caballerizas y en los establos

las patas de las bestias
golpean la tierra

buscando el fuego de su centro.

Algo ha abierto una herida en el rastro de la nieve.

Algo tan pesado como una sentencia de amor o de muerte.

El estertor de la tarde gravita sobre un centro minúsculo

gris y blanco en los andenes que gritan:

algo como el quejido de un animal silvestre

que muere de rodillas

algo como el vuelo de un pájaro que parece bailar

sobre un río de lava: su vocación es arder.

Y yo te busco entre la multitud que sale de la estación helada.

Y yo te busco con mis ojos de empuñadura

que florece en los huesos de noviembre.

Y yo te busco en la tarde encallecida

con la sangre tibia de las fieras

acechando entre los árboles que esperan la llegada de una estación

    distinta a lo que ahora parece una postal amarga de furgones

    tendidos a lo largo de un camino que lleva a los campanarios

    del que salen las bocas solemnes de las despedidas

y el estruendo de los veneros.

Hay un tren que está a punto de partir

que silba con una nube en la corona

mientras te busco a tientas como a un recuerdo

que alguien ha enterrado debajo de las vías

que sostienen esa máquina

que está a punto de estallar en la memoria.

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El instante apuñalado

No es una manzana lo que gira al centro de la habitación.

Una locomotora a todo vapor entra a la estancia

derritiendo el vacío.

No es un hombre con sombrero lo que está detrás del espejo.

No la eternidad sino el instante reflejado en la superficie:

alguien acaba de salir azotando la puerta.

Alguien grita en el piso de abajo que paren esa música.

Continúa el repiqueteo del justo mediodía

a esa hora sonámbula y sola.

Tu madre ha enterrado en el jardín la llave del cerrojo

que da a tus sueños.

Tu padre mastica tabaco en el sótano

mientras termina de coser aquel vestido:

nunca soportaste la ronquera sorda de aquellas tijeras

invisibles con que parecía recortar las márgenes

de un recuerdo con sus hoces y braceros.

Las puertas que dan al mundo se han cerrado para siempre.

Nadie mira atrás impunemente, René.

Nadie corta del árbol de la noche un fruto estrellado

y se echa a dormir, René.

Nadie mira en el espejo de los armarios

para morir encerrado y triste.

Y ese tic-tac en la habitación…

Y esa locomotora encendida…

Y la música en el piso de abajo…

Ese tren… René. Ese tren.

Alguien debería detener ese tren que está a punto de convertirse

en un sueño apuñalado

que abrirá tus ojos cerrados por el cansancio.

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Krumau: La pequeña ciudad

II

(Brazo con tren extendido hacia la muchacha abierta)

Egon, Egon:

azarosa lengua,

cordel vaporoso de las fábricas,

niño tardío,

tintura carbonizada en el pulgar,

en el índice,

en el brazo sin padre,

en la estación sin hijo.

Viena sabe a los golpes del riel, Egon;

a lo que no será por añadidura,

porque el brazo no alcanza,

porque está sin padre,

porque hay un tren,

porque una muchacha silba

y expulsa todos los nombres:

Aquella naranja era la única luz

en la ventana de su carne

venosa y mortal.

Pasan por ella los vagones,

por los campos,

por el roce naranja de una cabellera;

y ella misma pasa por el embate

de los días que vendrán sin nombre:

el recuerdo herrumbroso de un padre

sentado en el portal,

esperando una carta que nadie

acercará a sus manos.

La locura, Egon;

y una muchacha que mira pasar por la ventana

ese tren sin medida,

la estación extraviada de la memoria.

Ahora te sientas, desnudo,

y dibujas la luz

antes de que los colores

definan el paisaje:

antes de la guerra,

antes de Edith,

antes de la peste,

después de las aguas oscuras.

Ahora, Egon,

cuando los trenes,

ahora…

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Migraciones

Él quería irse

de la raíz del vientre de su madre gitana

—desprenderse de la casa de Juanita

y su rito de arder las migajas de la noche

con los silencios del mediodía—

y en la traslación esférica

formar una moneda

cargar con su pila de bautismo e irse

por la aleta cósmica de las serranías

por el riel de la mina

hasta el centro mismo de la tierra.

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