APUNTES SOBRE LA VANGUARDIA EN MÉXICO. La columna de Juan Cú

En LUZ DESDE EL INFRAMUNDO. Revista electrónica de Poesía, presentamos laJuan Cú nueva entrega de “El último Infra.” La columna de Juan Cú. Apuntes sobre la vanguardia en México.

Análisis crítico y mordaz con enfoque lúcido. Imperdible.

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Cito ahora algunos textos difíciles para hablar de “vanguardias”: Las Visiones de San Juan del Nuevo Testamento, algunos textos herméticos de la Roma del siglo I, el Primero Sueño, de Sor Juana (1649?- 1695), un poema de Rubén Darío (Nicaragua 1867-1916) a Amado Nervo (México, 1870-1919), que le dedicó, y empieza: “La tortuga de oro”…, también Una tirada de dados jamás derogará el azar de Stéphane Mallarmé (FranciaHistoria de las literaturas de vanguardia 1842-1898), también el intraducible Abanico de Madame Mallarmé que, Alfonso Reyes (México, 1889-1959), intentó tres veces traducirlo, y creo no se sintió satisfecho de lograrlo, Nadja ¿novela?, de André Bretón (1896-1966), a James Joyce (Irlanda, 1882- 1941), con su Finnegans Wake (aunque digan que no es un poema), Trilce, de César Vallejo (Perú 1892-1938), Las Jitanjáforas, como las definió Alfonso Reyes, de Mariano Brull (Cuba, 1891-1956), el “Capítulo 68”, de Rayuela, del Sr. Julio Cortázar (1914- 1984); Blanco, de Octavio Paz (México, 1914-1998), sin mencionar algunas rarezas de juegos verbales (culteranismo) y conceptuales (conceptismo) del barroco, y algunos poco conocidos e indescifrables en la gruesa Antología o cancionero de Bartolomé J. Gallardo (1776-1852), que revisó escrupulosamente el Sr. Don Antonio Alatorre (México, 1922-2010), encontrando un poema perdido de Sor Juana, interpretado por él.

UNA REVISIÓN AL PASADO

Hablar de antologías es hablar de algún modo de literatura. Se puede considerar a El Cancionero Flores de Varia Poesía como la primera antología escrita en México, en 1577; el Sr. Francisco de Icaza (México, 1863-1925) propone otra fecha.

Pensemos en los cambios en lenguaje en la historia de la poesía desde el siglo de Oro Español (siglo XVI), hasta las vanguardias europeas y movimientos poéticos latinoamericanos de los años veinte y los cincuenta del siglo XX; luego giremos la cabeza al pasado, ¿qué obtenemos?

El pensamiento poético propuso, para la escritura artística, todo lo que ganamos en el arte desde la influencia griega de la Ilíada, de Homero, hasta Don Luis de Góngora (España, 1561-1627): mantuvimos vivo el arte poético de calidad, y aquí, con Góngora, se le llamó Siglo de Oro, que quiere decir: lo más relevante que al idioma Español le pudo acontecer en el siglo XVI-XVII. Del siglo XVIII hay poco que decir sobre el ¿avance? del lenguaje artístico; y no hay siglo de plata o bronce posterior. Lo que pudo haber sucedido en el siglo XVIII es que ya no había que superar nada de los talentos del siglo XVI y XVII que conformaron una cúspide demasiado alta para los espíritus del siglo posterior en lengua hispana (a lo mejor no había individuos de la talla de aquellos). Los europeos no quieren hablar del tema (véase los prólogos y largas introducciones a las antologías de poesía del siglo posterior o siglo XIX, entre ellos los de Don Marcelino Menéndez y Pelayo (España, 1856-1912).

Las vanguardias literarias en hispanoaméricaHasta aquí, alguien pudiera preguntar ¿por qué no se le ocurrió a una persona ofrecer el porqué del abandono literario en Europa? Respuesta: muchos lo hicieron, los más importantes fueron José María Blanco Crespo Blanco White (España, 1775-1841), Letters from Spain, Londres, 1822, y Autobiografía, edición de Antonio Garnica, Sevilla, Universidad, [1975], (Colección de Bolsillo) y, sobre todo, Don Ramón Menéndez y Pelayo (España, 1856-1912), que escribió una gran revisión de los asuntos poéticos, artísticos y científicos de su siglo. (Ver Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la ciencia española (Madrid, 1876), y Estudios poéticos (Madrid, 1878), La ciencia española, 2™ edición, refundida y aumentada (Madrid, 1887-1880), la Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma hasta nuestros días (1890-1908), la Antología de poetas hispano-americanos (1893-1895) y la Historia de la poesía hispano-americana (Madrid, 1911).

Por supuesto, Don Marcelino se cuidó, en sus Antologías de poesía española e hispano-americana, de no criticar severamente a los poetas vivos (a los poetas hispano-americanos contemporáneos suyos; los menciona pero no publicó sus nombres), asunto personal, a decir suyo, pero no pasó nada relevante en el siglo XVII y parte del XIX. (Cabe decir que el erudito más preclaro en México sobre cosas españolas durante el siglo XVI y parte del XVII, “de aquí en México y, en allende el mar” fue Don Antonio Alatorre Chávez (1922-2010), director eterno del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México. Le incomodaba y molestaba toda información venida de alumnos y personas ajenas a la institución que se relacionaran con citar a Don Marcelino Menéndez y Pelayo.-entre los lobos te veas-. Ver “un caso agudo de menendez-pelayitis”, en Ensayos sobre crítica literaria, Centro Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), México, 1994.

Fue hasta el siglo XIX que a un muchacho latino-americano de un pueblo pequeño de Nicaragua, llamado Rubén Darío (Nicaragua 1867-1916), se le ocurrió hacer una revisión del estado de la poesía en lengua española (acto y estudio revisionista) que integra la famosa colección de Autores Españoles (1857), que publicó el Sr. Manuel Rivadeneyra (1805-1872), de lo poco que llegaba y lo mejor que había de libros en su tierra (En México hasta los años 90 del siglo XX en las bibliotecas públicas y universitarias abundan solo una docena de ejemplares dispersos de la colección original. Si existe la colección completa, estaría bajo reserva y guardada bajo llave, como se acostumbra en México).

No fue solamente Rubén Darío un crítico de la poesía; (que lo fue y muy agudo, estudió la fonología- estudio de los sonidos vocálicos y consonánticos de la lengua-), fue quien fundó, de alguna manera, los estudios lingüísticos en español; ensayó todas las métricas del pasado hispano e intentó el hexámetro griego, sí, el de la Ilíada, de Homero, y ajustó la métrica española. Propuso poemas con la misma calidad artística de los autores del siglo de oro, pero con los aires de su tiempo, el siglo XIX, una poética “modernista”, no “vanguardista”, que agradó a los europeos que aún no despertaban del somnífero siglo XVIII (también hubo envidias y odios para R. Darío y su propuesta).

A finales del siglo XIX, un error de percepción, creo yo, por parte de los escritores que cruzaban el nuevo siglo XX, que en su afán de ver los cambios vertiginosos y de insistir anclarse en la nueva modernidad, (llámese esta vanguardia europea, algo distinta de las vanguardias latinoamericanas), los obligó a un camino áspero, dramático y desértico.

A grosso modo, un poeta puede exprimir el arte si este contiene más de 2500 años de antigüedad. Hay mucho que buscar y encontrar. El arte de la humanidad, cuando existe, es de sobra arte aquí, y en todas partes pero, al negar el arte anterior, los propios vanguardistas de finales y principios del siglo XX (1930) negaron este arte que podría llamarse “tradición”, herencia, historia de las formas poéticas y conceptuales, etc. Con esta negación del arte, a estos escritores les quedaría solamente el “lenguaje puro”.

La definición de “lenguaje puro” ha sido tema muy platicado en las tertulias del pasado. Eso de quitarle a la poesía lo que no es de ella, lo que no le pertenece y de ahí intentar la escritura de la inefable “poesía” es muy difícil examen para los aventureros del siglo XX, sin agua, sin alimentos para cruzar el desierto poético.

Paul Valery (1871-1945) prefirió irse a su casa y meditarlo aproximadamente 10 años, (ver sus monumentales Cahiers, cuadernos de escritos privados). El resto de los vanguardistas, ya lo sabemos, empuñaron la pluma y escribieron incesantemente; otros, se dieron a experimentar el fenómeno del lenguaje, los menos.

Oliverio Girondo (Argentina, 1891-1967), antes de morir en la cama, preguntaba a sus amigos sobre la valía de sus poemas.

La duda del arte que siempre nos aventaja la edad; Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) se alejó rápidamente del ultraísmo que había fundado en España cuando joven. Guillermo de Torre, cuñado de Borges (Madrid, 1900- 1971), no pensaba jubiloso sobre las vanguardias del siglo XX, treinta y tantos años después, a pesar de que fue el cronista oficial de ellas (Literaturas europeas de vanguardia, Madrid: Caro Raggio, 1925 reeditado y ampliado en 1965, 1 tomo pág. 946, España. En México, si hay suerte, en tres tomos).

Antes, Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) se la pasó refutando toda su vida la teoría del “Creacionismo”, de Pierre Reverdy. José Gorostiza, (México, 1901-1973) inserto en la época de las vanguardias, calló: catorce años de silencio después de su libro: Canciones para cantar en las barcas (1925), para decidirse a escribir a la hispánica manera, no vanguardista, una silva en general que es su tesis-poema, Muerte sin Fin (1939).

Octavio Paz (México, 1914-1998) siempre negó pertenecer al surrealismo, (aunque hijo de la vanguardia, como él dice, su poema Blanco pretende acomodarse a Una tirada de dados jamás derogar el azar, de Stéphane Mallarmé (Francia, 1842-1898). Decía Octavio Paz de André Breton: “fue un hombre obcecado y castigaba con la expulsión a quienes desviaban sus principios surrealistas del arte”; también Octavio Paz, como su mentor, el Sr. José Gorostiza, volvió a la tradición métrica, al pasado (endecasílabos), de la poesía española con Piedra de Sol en sus tres ediciones con sus tres respectivas tachaduras y enmiendo.

En fin, el siglo pasado transcurrió con mucha teoría y una praxis pocas veces estimulante. Así, regresando a principios del siglo XX, aquellos hombres festejaron la vanguardia aceptando como principio un poema que los fundaba, el poema más curioso de la tradición francesa, un poema libérrimo, padre de muchos poemas que han significado la fundamental obra de poetas importantes 80 años después en América y en Europa. Y se podría apostar que no hay todavía quien supere este poema, ni siquiera quien lo iguale, ¿y esto bajo qué términos y principios?

Este poema, Una tirada de dados, lo escribiría el poeta francés más correcto y refinado, dueño del arte antiguo como pocos. (Es difícil este señalamiento, pues Paul Verlaine podría hacerle alguna sombra. Para estas comparaciones, los críticos son diferentes solamente en el gusto, es decir: la opinión ya no importa, y este, el inusitado sabor del arte que todo ser humano en alguna época de su vida deberá probar y conocer, si acaso le va en suerte, la idea de que las diferencias en literatura son de gusto y por lo tanto la crítica pasa a segundo término).

“Un coup de des jamais n´abolira le hasard”, Una tirada de dados jamás derogará el azar, es un poema de Stéphane Mallarmé de 1897. Cuando revisaba su poema Herodías, pidió a su ayudante y a su hija que destruyeran sus escritos diciendo: “No hay herencia literaria ahí” (A la mañana siguiente, 8 de septiembre de 1898, murió).

Stéphane Mallarmé fue un poeta ejemplar, conocedor de Góngora (algunos críticos europeos lo niegan pero, al revisar sus escritos y cartas inéditos, llegaron a la hipótesis de que sí lo leyó), sonetista correcto, creador de un famoso salón o tertulia (desde 1876), que visitaban los escritores alemanes Stefan George y Rainer Maria Rilke, los franceses Paul Verlaine y Paul Valéry, los novelistas André Gide y Huysmans y el poeta irlandés W. B. Yeats. También el músico Claude Debussy compuso en 1892 una obra sobre su poema La siesta de un fauno, y Maurice Ravel, el compositor del Bolero de Ravel, muy conocido en México, le escribió música a poemas suyos como Trois poëmes (1913).

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